Trump y el rumbo energético de los Estados Unidos

02 / MAY / 2017
politica

Rosío Vargas*

Se pretende aprovechar la revolución del fracking para convertir al país en una superpotencia energética global.

(Artículo publicado en la edición mayo-junio 2017 de la revista "Energía a Debate")

 

Trump y el rumbo energético de los Estados Unidos

La tesis que guía este artículo es que bajo la actual gestión de Donald Trump en el diseño de la política energética se profundiza la orientación en favor de los negocios privados. Se modifican algunos paradigmas dominantes en el sector energético de los Estados Unidos de América con el fin de remover obstáculos para la explotación de combustibles fósiles, crear empleos y lograr el acceso a nuevas regiones productoras de éstos a nivel nacional.

Destaca de la propuesta energética del presidente Donald Trump el reconocimiento de que Estados Unidos es una superpotencia energética global (“global energy superpower”) en materia de petróleo, gas y productos refinados, lo cual da cuenta de cómo se ve a sí mismo en la agenda nacional e internacional. La “revolución energética” de los últimos años en petróleo y gas. Sobre todo mediante técnicas no convencionales, constituye el punto de partida para fijar el objetivo de continuar una alta producción de éstos que permitiría mejorar su competitividad internacional las siguientes décadas. La seguridad energética en que se basa se corresponde con el nuevo paradigma de abundancia de recursos explotables, con lo que busca continuar fortaleciendo su seguridad energética para “lograr una América independiente energéticamente”.

Trump está dejando ver la congruencia en sus acciones con las promesas de campaña y la rapidez en su implementación. Por ello, es importante destacar de sus propuestas de campaña el proyecto detrás. En el documento Plan Energético América Primero (“America First Energy Plan”) se reafirma el dominio que le otorga la energía en materia económica y política, con la convicción de que Estados Unidos tiene más recursos energéticos que los principales productores en el mundo. A diferencia de otros momentos de la historia de ese país, la situación no es de crisis energética, sino de abundancia de recursos pensados para fortalecer la competitividad internacional de Estados Unidos frente a otras potencias e incluso en clara competencia con otros países productores de energía.

En los últimos años, la política energética de los Estados Unidos a nivel interno ha tenido dos ejes fundamentales que se van a mantener:

1) Asegurar un suministro seguro de energía;
2) Mantener competitividad a partir de bajar costos.

Los objetivos de la política energética se han logrado en las últimas administraciones aumentando la producción nacional de hidrocarburos convencionales y no convencionales, desarrollando las energías renovables y reduciendo el consumo a partir de mejorar la eficiencia energética, lo cual ha bajado la intensidad energética en los últimos años a lo que ha coadyuvado el establecimiento de estándares de eficiencia para autos y camiones.

Este éxito productivo se debe a la tecnología del fracking que está haciendo crecer la producción de petróleo en Estados Unidos, sobre todo a partir del crudo ligero obtenido de este tipo de explotación de hidrocarburos no convencionales. El aumento en la oferta nacional no sólo ha permitido reducir las importaciones, sino que ya desde el 18 de diciembre de 2015 se han autorizado las exportaciones del crudo producido en Estados Unidos. Los pronósticos de la agencia Energy Information Administration (EIA) han establecido la meta de la autosuficiencia energética para el 2028, año en que se supone que se alcanzará la histórica “independencia energética”, al igualarse la producción al consumo nacional, meta histórica que hoy es objeto de amplios cuestionamientos sobre su verdadero alcance en un contexto globalizado y de riesgos fuera de control.

Lo importante es que este derrotero nacional permanece debido a la “revolución energética”, punto de partida para:

1) Asegurar un suministro seguro de energía:

Trump y el rumbo energético de los Estados Unidos

Como parte de sus “Prioridades para los 100 Primeros Días” el nuevo presidente propuso abrir nuevas áreas productivas para la industria del petróleo y gas. Su base: la existencia de vastos recursos no convencionales (shale gas y tight oil de esquistos y lutitas), así como de recursos convencionales de petróleo y gas sin explotar, especialmente en las tierras federales, pero también en el Ártico y costa afuera en el Atlántico y en el Pacífico. Muestra de ello es que las reservas comerciales de crudo de Estados Unidos están aumentando.

Esto es resultado de importantes descubrimientos, como los recientemente ocurridos en Alaska en la formación Nanashuk de la zona Pikka, con reservas del orden de 1.8 a 2.4 mil millones de barriles de crudo recuperable, constituyendo el mayor descubrimiento en los últimos 30 años. La producción se iniciará en el 2021.

En cuanto al gas natural, la producción a partir de la explotación de recursos no convencionales ha modificado la tendencia descendente de la oferta histórica del gas convencional, con lo que se ha reducido la dependencia de las importaciones, pues Estados Unidos ya sólo se compra el 5% del gas que consume y éste procede de Canadá. La producción de gas natural a partir del gas de lutitas representó en el 2015 37.4 mil millones de pies cúbicos por día (mpc/d) o el 50% de la producción total de gas natural en Estados Unidos.

A diferencia de la producción de petróleo no convencional o tight oil, que disminuye en el corto plazo, la de shale gas continuará aumentando, creciendo hasta el 2040 en el caso de referencia (Annual Energy Outlook, AEO2016). Con ello existe la certeza de que Estados Unidos se volverá un exportador neto después del 2030 y las exportaciones de gas natural licuado (GNL) de Estados Unidos y de Canadá tendrán a Asia como principal destino. A nivel interno se alienta su consumo como un combustible alternativo para vehículos.

Las características de los recursos no convencionales, particularmente del tight oil, marcan también los límites de su participación a futuro. El límite está en el techo de producción del petróleo de lutitas para los Estados Unidos, que es donde se tienen las cuantificaciones más elaboradas. Mientras la producción de tight oil en 2015 fue de 4.89 millones de barriles por día, o 52% de la producción total de crudo en el país, en las proyecciones del AEO2016 se espera que la producción de tight oil sólo alcance 7.08 millones de barriles por día (b/d) para el 2040. Estos valores reflejan las proyecciones de casos de referencia del Departamento de Energía.

A fin de mantener la producción de este tipo de hidrocarburos, todo apunta a que prevalecerán facilidades regulatorias para favorecer la producción de combustibles no convencionales. La Environmental Protection Agency (EPA) no tiene una clara jurisdicción sobre ciertos aspectos de la fracturación hidráulica. La legislación dará a los estados la jurisdicción para regular el fracking dentro de sus fronteras, incluyendo tierras federales.

Estados Unidos cuenta, además, con la existencia de grandes recursos carboníferos con lo que intentaría revivir la industria del carbón apoyándose en su desarrollo tecnológico para producir “carbón limpio”. A fin de lograrlo, la nueva administración favorece el arrendamiento de tierras, en terrenos federales y en alta mar, pretende eliminar la moratoria a los arrendamientos de carbón y, mejorar la tecnología para el secuestro de carbono (carbon capture). Al revitalizar esta industria, el Plan también busca generar empleos.

Sus acciones en favor del carbón encuentran los límites por la competencia del shale gas, que tiene menores precios. La participación del carbón como combustible para el sector eléctrico ha bajado al 32%, debido tanto al aumento del gas, que ya representa 32% también, como a la mayor capacidad de la energía a partir de los renovables (5%); mientras tanto, la energía nuclear colabora con el 20% y la hidroelectricidad con un 10%.

Otras acciones dejan ver un abierto apoyo a la industria de los hidrocarburos al:

  • acelerar la aprobación de terminales de exportación de GNL. Hay 5 plantas aprobadas en construcción;
  • construir más gasoductos y revivir proyectos vetados por Barack Obama como el gasoducto Keystone XL (Canadá –Texas) y el Dakota Access (North Dakota a Patoka, Illinois) a partir de revertir las acciones ejecutivas giradas en la presidencia anterior. Para aprobar su construcción, el presidente Trump emitió un memorándum de entendimiento (The White House Office of the Press Secretary For Immediate Release January 24, 2017 January 24, 2017) en enero de este año 2017 para anular el veto de su predecesor. Tanto la Casa de los Representantes como el Senado aprobaron la ley para el oleoducto Keystone Pipeline

Desde su campaña a la presidencia, Trump prometió reautorizar la construcción de los polémicos oleoductos Keystone y Dakota Access, cuando ya había protestas en contra. La perspectiva que prevalece en sus decisiones de política es la de los negocios, por lo que se privilegiará el generar ganancias y empleos a costa del medio ambiente, del traspaso de tierras indígenas y de la contaminación de ríos de los pueblos originarios. Cabe mencionar que Trump fue accionista de Transfer Energy Partners, la empresa encargada de construir el Dakota Access, y si bien no se puede hablar de conflicto de intereses porque Trump vendió su participación en la empresa, sin duda las relaciones personales tienen un peso en la toma de decisiones.

Un último aspecto en el que encontramos una convergencia entre el proyecto de la nueva administración y el apoyo a los hidrocarburos se concreta en la empresa ExxonMobil, en la medida en que su plan de inversiones converge con el objetivo de crear empleos e invertir en el desarrollo de esta industria. La propuesta son 45,000 nuevos puestos de trabajo en los estados de Texas y Luisiana, costa del Golfo de México, como parte de un proyecto de inversión del orden de 20 mil millones de dólares para los próximos 10 años. Las inversiones se destinarán a la construcción de 11 plantas petroquímicas, plantas de refinación y plantas para exportar el GNL. La empresa también va a expandir sus operaciones a partir de la producción de shale gas.

2) Mantener la competitividad de las empresas a partir de reducir sus costos:

El cumplimiento de este objetivo es visible en un periodo de pocos años desde que se iniciara la producción petrolera a partir de hidrocarburos no convencionales. Un referente es el estudio realizado en Harvard por Leonardo Maugeri quien calculaba el break-even price para el shale oil en $85 dólares por barril. La tendencia del precio ha sido a la baja gracias a la mejora en la eficiencia productiva. Si bien el tema es muy amplio, tomemos como ejemplo lo que ha sucedido con los costos de producción para gas natural y petróleo, es decir, shale gas y tight oil, medidas en plays clave en Estados Unidos. Sus costos de producción han bajado incluso cuando declina la actividad de perforación. El informe elaborado por la EIA prevé aumentos en la eficiencia productiva de entre 7 y 22% de 2012 a 2015. Un reciente artículo afirma que gracias a la eficiencia el breakeven price de estos plays se habrían reducido de entre $29 y $39 dólares por barril en Estados Unidos. En los últimos tres años, gracias a la mejora de los parámetros tecnológicos para pozos horizontales perforados, así como un descenso en términos de costos de la crisis en la prestación de servicios técnicos de pozos, el costo de producción se ha venido disminuyendo. Esto ha ocurrido en cuencas como Bakken, Permian, Niobara e Eagle Ford que han llevado a que los costos se sitúen entre $35 y $40 dólares por barril.

De acuerdo a otras estimaciones (Berman, 2015), pese a la baja en costos resultantes de la eficiencia, los breakeven prices aún son muy altos incluso en los mejores plays, como se muestra en el cuadro siguiente.

Bajo esta perspectiva geológica, el breakeven price de los hidrocarburos no convencionales en los principales plays de Estados Unidos estaría entre los 65 y 70 dólares por barril. Si bien es más alta que los datos más recientes, la estimación de costos es menor que la calculada por Maugeri de $85d/b.

 

Trump y el rumbo energético de los Estados Unidos

Otra forma en que se reducen costos y se eleva la competitividad de las empresas es a través de los cambios a la Ley Dodd-Frank de 2010, también conocida como la reforma del Wall Street. Esta tuvo su origen en las preocupaciones gubernamentales relacionadas con la especulación y la manipulación no regulada de los mercados; no obstante su aplicación sigue siendo controversial.

Trump y el rumbo energético de los Estados Unidos

Desde el inicio de su gestión, Trump propuso modificar la Ley Dodd Frank para favorecer a las corporaciones estadounidenses a fin de que éstas no tuvieran que informar sobre los pagos que en otros países deben realizar a los gobiernos locales. El 13 de febrero de 2017, el nuevo mandatario firmó una legislación que abroga la regulación de la Securities and Exchange Commission (SEC) que obligaba a las empresas petroleras y mineras a hacer públicos los mencionados pagos a los gobiernos extranjeros en los países en donde operan. El asunto se complicaba debido a que los precios del petróleo son determinados en el mercado mundial, fuera del ámbito de la regulación nacional. Esta regla añadía una carga a las empresas, por lo que era vista como desventaja frente a sus competidores. Entre las corporaciones que resultarían beneficiadas por este cambio están Chevron y Exxon-Mobil.

En otros ámbitos como el del sector transporte, el presidente Trump prometió inversiones en infraestructura, incluyendo las redes eléctricas que conducen la electricidad generada a partir de energías renovables. La importancia otorgada a estos desarrollos los inscribe como parte de la estrategia de seguridad energética, la cual se basa en su “revolución energética” en la medida en que este auge permitirá cumplir su promesa de generar empleos en Estados Unidos y perseguir la independencia energética del país.

Pese a los cuestionamientos sobre este derrotero en un contexto de mercados abiertos, la independencia energética se mantiene como uno de los principales objetivos de la nueva administración, justificado para evitar la dependencia de la OPEP.

En consonancia con la elección de un gabinete de corte empresarial, la administración Trump ha seleccionado personeros totalmente pro-industria. Entre éstos está el expresidente de Exxon-Mobil, Rex Tillerson, quien ha sido ratificado como Secretario del Departamento de Estado; el fiscal general de Oklahoma, Scott Pruitt, para la Environment Protection Agency (EPA); y el ex gobernador de Texas, Rick Perry, a cargo del Departamento de Energía.

A la par, la administración republicana ha elegido a los mejores militares del país. Entre otros, forman parte de su gabinete los generales James Mattis (seudónimo “perro rabioso”) como secretario de Defensa y John Kelly para la Secretaría de Homeland Security, Con lo que logra Trump una mancuerna militar-corporativa para impulsar su gestión.

Conclusión:

En general, puede decirse que en la propuesta de la nueva administración hay elementos de continuación respecto a su antecesor. El único punto de ruptura es el que se refiere a los compromisos con el Acuerdo Climático de Paris y sus legislaciones nacionales. La continuidad de la política energética es visible en el aliento a la producción de todas las formas de energía: los hidrocarburos, los renovables, la energía nuclear (reactores de nueva generación), la modernización de la red eléctrica. Hay grandes presupuestos para el desarrollo e innovación tecnológica cuyos resultados permitirán reducciones sustantivas en costos de producción.

* Investigadora en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN/UNAM). Doctora en Ingeniería energética. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

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