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Regresar a la lista artículos | Inicio Aplausos por el petróleo caro Los altos precios del petróleo están generando una nueva ola de inversiones en el industria energética mundial, además de propiciar mejores hábitos en el consumo de la energía. Estos cambios, a su vez, tenderán a atenuar las alzas en los precios de los energéticos en el largo plazo. LEONARDO MAUGERI*
A
medida que las fuerzas del mercado se han dejado sentir, los precios altos ya
han comenzado a generar más inversión, lo cual elevará
tanto la producción como la capacidad de refinación. En otras
palabras, los precios altos son una cura dolorosa pero necesaria para la enfermedad
que ha afectado el mercado petrolero durante 20 años.
Se ha observado un inesperado incremento de la demanda global en los años recientes. Luego de mantenerse en tasas de crecimiento menores de 2% anual de 1986 a 2002, la demanda global de petróleo creció en más de 3% en 2003 y 2004, impulsada sobre todo por la de China y Estados Unidos. La rápida expansión de la demanda china, que se elevó 40% entre 2000 y 2004, ha sido fuente particular de preocupación internacional. Los rasgos estructurales de la economía china indican que esta demanda seguirá creciendo. El consumo de petróleo promedio per cápita en ese país es aún magro, de 2 barriles por año, en comparación con 12.5 en Europa y 26 en Estados Unidos, lo cual deja mucho espacio a la expansión. Y si bien China está todavía a décadas de la motorización en masa, al incrementarse la posibilidad de comprar un automóvil también crecerá el consumo de petróleo en el país. Con todo, conviene que los árboles no impidan ver el claro del bosque. Por principio de cuentas, el reciente salto fenomenal de la demanda china de petróleo es resultado de circunstancias excepcionales que tal vez no perduren. Además, ha tenido efectos más limitados de los que a menudo se reconocen. En China, el aumento en años recientes se debió sobre todo a un ajuste respecto del estancamiento de años anteriores; a medida que el país se reponía, la demanda fue impulsada en parte por la producción industrial intensificada y la necesidad de resolver de una vez ciertas cuestiones, como los apagones eléctricos debidos a problemas en las plantas de carbón y nucleares. Aun después de su reciente fiebre de compras, China sigue representando sólo 8% de la demanda global de petróleo, e incluso un crecimiento sostenido del consumo tendría sólo efectos marginales en el corto y mediano plazos en un mercado de petróleo por lo demás normal. (En contraste, el auge de la construcción en China ha tenido un efecto mucho más potente en los mercados mundiales del cemento y el acero; hoy, esa nación consume la mitad del cemento y casi 30% del acero producido en el mundo.) Aun si la demanda china de petróleo continúa creciendo, los precios no se elevarán a un ritmo equivalente, porque los precios de hoy ya reflejan el crecimiento anticipado de la demanda de mañana. Los expertos en petróleo han tendido en general a subestimar las reservas y sobreestimar la demanda. Dan por sentado que el petróleo es irremplazable y que la demanda crecerá siempre, libre de restricciones. Durante años pensaron que el consumo del petróleo era rígido e insensible a las fluctuaciones de precio, sólo para descubrir más tarde que no era así. De hecho, el precio siempre afecta la demanda, aun si la conexión tarda en manifestarse, conforme los consumidores tratan de mantener el mayor tiempo posible el estilo de vida al que están acostumbrados. La inercia del consumidor hace difícil establecer correlaciones rápidas y directas entre la demanda y el precio del petróleo, y el crecimiento económico o demográfico, pero esos vínculos existen. Así pues, sería exagerado mencionar el alto consumo de los dos años pasados como prueba de que los consumidores son indiferentes al costo, sobre todo porque los precios de la mayoría de los productos petrolíferos en gran parte de Asia, inclusive China, se han mantenido controlados por vastos subsidios y otras formas de intervención estatal. De hecho, datos tempranos de 2005 revelan que los altos precios alcanzados durante el año ya han enfriado sustancialmente la demanda de productos petrolíferos. Y el crecimiento de la demanda bajó de 3 millones de barriles diarios en 2004 a alrededor de 1.2 millones de barriles diarios en 2005. Al contrario de las presunciones públicas prevalecientes, la posición dominante del petróleo como fuente de energía se ha venido erosionando durante muchos años. En 1980, el petróleo representaba 45% del consumo global de energía. Hoy esa cifra se ha reducido a 34%, pues el petróleo ha cedido algo de terreno al gas natural, el carbón y la energía nuclear. En gran parte del mundo industrializado, con la notable excepción de Estados Unidos, el consumo de petróleo parece haber llegado al tope durante la década pasada. Ahora enfrenta una declinación de largo plazo. Aun así es seguro dar por sentado que la demanda global de petróleo entre países en desarrollo, China entre ellos, continuará teniendo incrementos considerables. Es probable que el consumo de estas naciones se concentre en la única área —el transporte— en la que el petróleo no tendrá competencia viable en términos de precio y eficiencia durante muchos años por venir. En los países desarrollados, el petróleo se consume actualmente sobre todo en transporte: en Estados Unidos, por ejemplo, más de 70% del consumo está en ese sector. Al momento actual, alrededor de 35% del consumo petrolero de China es para transporte, lo cual deja espacio a considerables cambios en asignación. Otro gran glotón por observar es Estados Unidos, donde los bajos impuestos al combustible, el desdén de los consumidores por la eficiencia y el crecimiento demográfico han incrementado el consumo de petróleo. El país necesita adoptar nuevas y valerosas políticas para contener los niveles peligrosamente altos de consumo, como hizo en la década de 1970. Si bien la tasa de consumo se ha reducido un poco, de un promedio de 32 a 26 barriles per cápita entre 1978 y el día de hoy, sigue siendo la tasa más alta en el mundo. Para reducirla más, los estadounidenses tendrán que consumir con mayor prudencia. La calidad de vida de los europeos es comparable a la de los estadounidenses, y sin embargo aquéllos consumen más o menos la mitad de petróleo que éstos (e incluso ellos son culpables de gran dispendio). Tiene poco sentido criticar a los países productores por los precios estratosféricos cuando más de la mitad de los 17 millones de autos vendidos cada año en Estados Unidos entre 2000 y 2004 eran vehículos deportivos utilitarios, grandes consumidores de gasolina. Ninguna política que promueva la independencia energética tendrá éxito a menos que los legisladores estadounidenses hagan acopio de valor político para cambiar los hábitos de los consumidores. Los precios altos pueden ayudar. Mirando al futuro, varias fuerzas poderosas tenderán a moderar el crecimiento de la demanda: la madurez del consumo de petróleo en los países industrializados, el continuo distanciamiento del petróleo de sectores distintos del transporte y el advenimiento de nuevos vehículos, en especial los híbridos, que consumen menos petróleo. Sobre todo, las preocupaciones por la contaminación y el medio ambiente obligarán a los gobiernos a atender la necesidad de reducir el consumo, incluso si los grandes esfuerzos por enfrentar el tema, como el Protocolo de Kyoto, no han logrado hasta ahora producir resultados convincentes. EL EQUILIBRIO JUSTO Por paradójica que parezca, la única cura para la “crisis” petrolera actual es que los precios permanezcan sustancialmente más altos que el promedio anterior a 2000 de 18-20 dólares por barril durante un amplio periodo. Sólo los precios altos pueden revertir dos décadas de lenta inversión en exploración, producción y capacidad de refinación. Sólo los precios altos pueden alentar el uso de vehículos que hagan un uso menos intensivo de la energía, como los híbridos y, por marginal que sea, el desarrollo de fuentes alternativas de energía para el transporte. Sólo los precios altos pueden reducir el consumo irresponsable en muchas partes del mundo y orillar a los gobiernos a adoptar las medidas necesarias para frenarlo. Sin embargo, pese a las actuales predicciones de que el ascenso de los precios petroleros es permanente, no existe una fuerza única del mercado que pueda mantener los precios en cualquier nivel específico. Tensiones políticas, factores psicológicos, información deficiente, análisis defectuosos, pautas erráticas de la demanda y la producción, e incluso caprichos del clima y otros actos de Dios contribuyen a determinar el precio de un barril de crudo en un momento dado. El mercado petrolero implica muchos actores con demasiados intereses en conflicto como para que alguna vez se pueda proteger a los precios contra fluctuaciones. Según la teoría económica convencional, el precio mundial del petróleo deberá ser fijado por el del barril más caro, llamado marginal, es decir, por el precio del último barril necesario para satisfacer la demanda del mercado. Hoy día el precio del barril marginal oscilaría entre 30 y 32 dólares, que es el costo de extraer y comercializar crudo de las arenas bituminosas de Canadá más un margen de ganancia para los productores. (El costo de producir un barril en el Golfo Pérsico es menor de 4 dólares.) Si el precio mundial del petróleo cayera demasiado abajo del nivel del barril marginal, los productores ya no tendrían un incentivo para hacer inversiones adecuadas y una vez más se correría el riesgo de escasez en el corto y mediano plazos. Pero si el precio se elevara demasiado arriba de ese nivel durante demasiado tiempo, la demanda caería y crearía una sobreoferta temporal que detendría la ola actual de nuevas inversiones. Esto representaría el peor escenario, porque haría retroceder a la industria a la estructura mental de los últimos 20 años, temerosa de los riesgos. Es
poco probable que el precio del petróleo baje en forma sustancial en
el corto plazo, e incluso podría experimentar nuevas alzas, sobre todo
si ocurren perturbaciones de origen político. Pero mientras más
persista la ola actual de inversiones, mayor será la probabilidad de
que el precio disminuya en forma significativa andando el tiempo. En otras palabras,
nada indica que el primer gran aumento de precios del siglo XXI sea una excepción
a la pauta de ascensos y descensos que ha caracterizado al mercado petrolero
desde su nacimiento. *Es vicepresidente directivo de grupo de estrategias corporativas y planeación de la compañía italiana de energía ENI y autor del libro “The Age of Oil: Mythology, History, and Future of the World’s Most Controversial Resource”, de próxima aparición. Una versión más larga de este texto aparece en la revista Foreign Affairs en Español (abril-junio).
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