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Renovar estrategias en México ante la transición energética mundial
Angel de
la Vega Navarro* Las razones de ese interés son diversas: propiamente energéticas, pero también estratégicas, tecnológicas y ambientales. En las próximas décadas la demanda mundial de energía primaria continuará creciendo y los combustibles fósiles se mantendrán como la principal fuente proporcionando de aquí al año 2030 el 90% de ese crecimiento, según la Agencia Internacional de Energía. Más del 60% del crecimiento de la demanda mundial de energía primaria corresponderá a países en desarrollo, siendo más fuerte aún el crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono, lo cual tiene implicaciones diversas, en particular de tipo ambiental. En México, predominan las preocupaciones del corto plazo: el interés se centra sobre todo en la evolución de los precios internacionales del petróleo, por razones macroeconómicas y por la fuerte presencia de los ingresos petroleros en los ingresos fiscales. Las preocupaciones del mediano y largo plazo –ámbito natural de la planeación y de la elaboración de estrategias- parecen no tener realmente importancia, salvo en el nivel declarativo o de las elaboraciones formales, a pesar de que es en esas dimensiones en donde aparecen cuestiones que adquirirán cada vez mayor importancia, en particular para un país productor y exportador de petróleo. El progreso tecnológico, por ejemplo, podría en algunas décadas modificar completamente el panorama energético. La discusión estará dominada en los próximos años, además del tema del agotamiento de los recursos no renovables, por los progresos de la investigación en el desarrollo de nuevas tecnologías como es el caso de las pilas de combustible con base en hidrógeno. Estados Unidos y varios países europeos desarrollan ya importantes planes de investigación en fuentes alternas de energía que además de ser más limpias reduzcan la dependencia del petróleo proveniente del exterior. Otros países con los que México se puede comparar, como la India, China e incluso Brasil, parecen entender mejor esas perspectivas, probablemente por no ser exportadores de petróleo y por que sienten amenazado su desarrollo por su dependencia petrolera. Rusia –que sí es un gran productor y exportador– parece no ignorarlas y quizás es por ello que, entre otras razones, se le asocia con los anteriores países mencionados en esa nueva sigla –los BRIC: Brasil, Rusia, India y China– que se está haciendo presente en la escena internacional. También algunas empresas petroleras han empezado desde hace años a tomar cartas en el asunto tecnológico relacionado con la transición energética. Este es el caso de Shell o de British Petroleum (BP). En general, pues, países y actores importantes en la escena energética se hacen presentes de manera activa en la búsqueda de nuevos combustibles bajos en carbono y no desdeñan interesarse en las energías renovables (solar, biomasa, eólica) o en desarrollos de nuevos vectores de oportunidades tecnológicas, como por ejemplo el de la “producción distribuida” (tecnologías de producción eléctrica de pequeño tamaño situadas en lugares cercanos al consumo final e interconectados a la red) en espera de la eventual irrupción del hidrógeno como principal vector energético. Mientras tanto, Petróleos Mexicanos (Pemex) se encuentra desde hace años prisionero de las opciones rentistas y fiscales gubernamentales, las cuales se contraponen a las nuevas trayectorias tecnológicas predominantes en la actual industria petrolera internacional. Como empresa petrolera pública no puede compararse desde el punto de vista tecnológico con la empresa brasileña, Petroleo Brasileiro (Petrobras), también pública y líder mundial en exploración en aguas profundas. Como empresa energética; Pemex se encuentra limitada en el actual marco institucional y regulatorio, el cual le dificulta incluso relacionarse con otra empresa pública como la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Como exportador de petróleo, México mantiene una cooperación con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), de manera particular en coyunturas de bajas drásticas de precios, por las razones macroeconómicas y de corto plazo señaladas arriba. Su relación con esos países podría pasar a otro nivel, aceptando el hecho que fenómenos como el cambio climático influenciarán cada vez más la política energética y las estrategias de los actores en los países consumidores. Más que oponerse o resignarse a ser dejados atrás en el proceso, los países exportadores deben convertirse en socios activos y constructivos, unirse al debate, intentar influenciar la formulación de las políticas y la implementación de nuevas iniciativas. En relación con esos países, aún más marcados por el petróleo tanto en lo económico como en lo energético, le corresponde a nuestro país desempeñar un papel especial. Eso no será posible sin una revisión de lo que hasta ahora han sido las prácticas de planeación y de definición de políticas energéticas. Algunas líneas pueden sugerirse para esa revisión:
Esas líneas pueden ser útiles para repensar, en un marco renovado de políticas industriales y tecnológicas, el desarrollo coherente de actividades que pueden articularse en torno a sectores como el energético, el cual no sólo proporciona insumos básicos e indispensables a todas las ramas de la actividad económica, sino que por su estructura y desempeño influencia de diversas maneras la productividad, el progreso técnico, el desempeño de las economías y la sustentabilidad de su desarrollo. * Profesor-investigador del Posgrado de Energía de la UNAM.
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